Un relato. (Vol. 2)

 El viento rugía con la fuerza de un animal furioso en la Sierra de Mariola. Minutos antes de que el cielo se rompiera por completo, Carlos y Marta, nuestros dos monitores del centro excursionista, habían logrado meternos a toda prisa en el viejo Refugio de Montcabrer. Apenas cerramos la pesada puerta de entrada, la tormenta de verano estalló con una violencia brutal sobre el tejado.

Y entonces, de golpe, nos quedamos a oscuras. Las luces parpadearon dos veces y se apagaron por completo.

Dentro del refugio, el pánico se desató en un segundo entre nosotros. Éramos doce adolescentes atrapados en una negrura tan densa que no alcanzábamos a vernos las manos.

—¡No veo nada! ¡Encended los móviles! —gritó Mateo, totalmente desorientado.

—¡No tenemos móviles, genio! —le chilló Lucas desde algún punto a mi izquierda—. Acuérdate de la norma de Carlos y Marta. Estaban prohibidos en esta salida para «conectar con la naturaleza y olvidar las pantallas». Las mochilas están abajo.

La prohibición de los teléfonos, que por la tarde nos había parecido una tortura, ahora se convertía en nuestra peor condena. No había pantallas que usar como linternas de emergencia. Marta intentaba mantener la calma, pero se la escuchaba desbordada por los nervios del grupo:

—¡Chicos, por favor, quedaos quietos! ¡No os mováis! Carlos, ¿llevas la linterna de dinamo encima?

—¡No, Marta, la dejé en la mesa del fondo antes de que se fuera la luz! —respondió Carlos, con la voz ahogada por la frustración—. No encuentro el camino de vuelta hacia ella, estoy chocando con los bancos.

El miedo nos había bloqueado por completo. La falta de visión anuló por completo nuestra capacidad de actuar. Estábamos paralizados, tiritando de frío y rozando la histeria colectiva.

En mitad de los gritos y los tropiezos, un sonido metálico y seco resonó con una fuerza asombrosa en el suelo de piedra. ¡Clac, clac, clac!

Era Tomás desplegando su bastón con la soltura de quien realiza un gesto cotidiano. Tomás, compañero de nuestro grupo excursionista, es ciego de nacimiento. Para él, la oscuridad total del refugio no era una amenaza inesperada; era su mapa diario, el territorio que dominaba a la perfección. Mientras nosotros nos ahogábamos en el vacío de no ver, sus otros sentidos funcionaban a pleno rendimiento.

—¡Carlos, Marta! ¡Chicos, silencio todos un momento! —dijo Tomás. Su voz, extrañamente tranquila y firme, cortó el caos de inmediato.

Escuchar el rítmico balanceo de su bastón contra el suelo nos dio a todos un ancla invisible. Clac, clac.

—Marta —dijo Tomás, localizándola por el sonido de su respiración agitada—, quédate donde estás. La tormenta golpea desde el norte, lo sé por el silbido en la ventana trasera. Eso significa que la entrada principal está protegida y estructuralmente estamos seguros aquí dentro. Deja de buscar a tientas.

Escuchar a un chico de quince años poner cordura hizo que los monitores respiraran aliviados por primera vez.

—Mateo —continuó Tomás—, estás hiperventilando. Siéntate en el suelo ahora mismo y apoya la espalda contra la pared de piedra. El rastro de mi bastón me dice que tienes la pared justo a tu derecha, a dos pasos.

Mateo obedeció de inmediato, guiado por el sonido del bastón.

—Valeria, Lucas, agarraos a mi hombro —nos ordenó Tomás a nosotros dos, que estábamos más cerca.

Lucas me agarró de la mano y yo me sujeté con fuerza a la chaqueta de Tomás. Él comenzó a avanzar con paso firme. El rastreo de su bastón iba abriendo camino en la negrura absoluta, avisando a todo el grupo de los desniveles del suelo y rodeando limpiamente el banco de madera con el que Carlos casi tropieza. Nos guio por el espacio con una soltura pasmosa que a mí me pareció pura magia.

Al llegar al fondo del refugio, el extremo del bastón golpeó la pata de la gran mesa de madera con un sonido seco. Tomás deslizó sus dedos por la superficie y tocó el plástico liso de un objeto.

—Carlos, aquí está tu linterna de dinamo —dijo Tomás en voz alta—. Y justo al lado hay una vela de cera que algún montañero dejó olvidada. Venid hacia mi voz.

Marta y Carlos se guiaron por sus palabras. Al llegar a la mesa, Carlos tomó la linterna, accionó la palanca un par de veces y un haz de luz brillante cortó la oscuridad. Luego, encendieron la vela para dejar una iluminación fija en el centro del refugio.

Al encenderse la luz, el rostro de mis compañeros y de los monitores cambió por completo. El refugio de Montcabrer ya no parecía una cueva terrorífica, sino un hogar seguro. Los adultos recuperaron el control para organizar las mantas y el racionamiento de la cena, pero todos, absolutamente todos, fijamos por un instante la vista en Tomás, que volvía a colgar su bastón plegado en la cintura con total naturalidad.

A la mañana siguiente, la Sierra de Mariola parecía un mundo completamente nuevo. Me desperté temprano por el olor a café que preparaba Marta en el hornillo de gas. Al abrir los ojos, la luz limpia y brillante del amanecer entraba a raudales por las ventanas del Refugio de Montcabrer, tiñendo las paredes de piedra de un tono dorado precioso. Era difícil creer que pocas horas antes ese mismo lugar nos había parecido una prisión terrorífica.

Salí un momento al exterior. El aire olía a tierra mojada, a pino y a romero fresco. La tormenta se había llevado todo el bochorno del verano, dejando el cielo de un azul limpísimo.

Poco a poco, mis compañeros del grupo excursionista empezaron a desperezarse y a salir también. El ambiente ya no era el de la noche anterior; el miedo había desaparecido, reemplazado por las risas y las ganas de devorar el desayuno. Sin embargo, había algo diferente en el aire. Todos mirábamos de reojo a Tomás, que estaba sentado en un banco de madera fuera del refugio, disfrutando del sol de la mañana en la cara, con su bastón blanco ya plegado y apoyado a su lado.

Antes de recoger las mochilas para reemprender la marcha, Carlos y Marta nos pidieron que hiciéramos un círculo en la explanada frente al refugio.

—Chicos, un minuto antes de ponernos en marcha —dijo Carlos, cruzándose de brazos y mirándonos a todos con una sonrisa—. Ayer os requisamos los móviles porque queríamos que aprendierais a conectar con la naturaleza, a mirar el entorno sin filtros. Y la tormenta nos puso a prueba a todos, incluidos a Marta y a mí.

Marta asintió, dando un paso al frente y mirando directamente a Tomás.

—Anoche nos quedamos completamente a oscuras, sin pantallas y bloqueados por el pánico —continuó Marta, con la voz un poco emocionada—. Y fue un compañero vuestro el que nos demostró lo que significa mantener la calma, tener orden y guiar a un grupo cuando los demás no sabemos hacia dónde ir. Tomás, en nombre de todo el grupo excursionista, gracias. Nos diste una lección de madurez que no olvidaremos en la vida.

Lucas empezó a aplaudir, y en un segundo, los doce adolescentes del grupo rompimos en una ovación cerrada. Aplaudimos con fuerza, vitoreando su nombre.

Tomás se puso de pie, un poco colorado por ser el centro de atención, pero con una sonrisa enorme que le iluminaba toda la cara. Agarró su bastón y, con un gesto divertido, lo levantó en el aire como si fuera el trofeo de un campamento, lo que hizo que todos soltáramos una carcajada.

Mientras caminábamos de regreso bajando por las faldas de Montcabrer, dejando atrás las majestuosas cavas de nieve, me di cuenta de que la excursión había cumplido su objetivo, pero no de la forma en que los monitores planeaban. No nos hizo falta ninguna pantalla para inmortalizar el momento. Aquella mañana, todos comprendimos que la verdadera capacidad de guiar no depende de los ojos que ven, sino de la luz que cada uno lleva por dentro.


El Secretari del (DIS)pensador, Julio de 2.026

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